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De espanto a exigencia

El abuso sexual, en todas sus formas, representa la exposición bestial más atroz puesta en acción por el ser humano. Y se acrecienta en repugnancia cuando la afectada es una menor de edad, una niña. Terribles hechos denunciados sobre abusos propiciados por propios progenitores, familiares y parejas, no son retratos de sociedades de otros continentes, sino autóctonos.

Las comunidades a medida que avanzan en el tiempo se convierten en más perversas e insanas. El hecho retratado por todos los medios, donde una nena de 10 años que dio a luz, fruto de ser sistemáticamente abusada por un degenerado, pareja de su madre, constituye solo un hecho más en la interminable lista diaria de abusos, involucrando al nivel más vulnerable, los niños.

La violencia sexual, independientemente a originarse en sectores indígenas, o indigentes,  no solo atenta contra la integridad física de la persona, sino contra su propia existencia. Es abominable que una criatura sea madre de otra, con el agregado de violencia.

Todo exponente que proceda con tamaña brutalidad contra criaturas, no es normal, no está apto para seguir viviendo entre quienes tienen un mínimo de razón.

Degenerados prevalecen por la complicidad de quienes en teoría son cuidadores de su sangre.

Padres desinteresados y despreocupados convierten en presa fácil a niños y niñas de espectros ejemplares del bizarro mundo de bestias que fungen de seres humanos.

Este es un solo caso de miles, con el mismo o mayor grado de violencia, que sacuden a familias paraguayas.

Muchas calladas por la ignorancia, pobreza o temor, por más que no debería ser superior al amor y el deber de cuidado.

El principal motivo de estos abominables y repudiables actos, constituye el alarmante crecimiento del poco interés de cuidado de padres de familia.

Familias quebradas hacen que niños crezcan sin el amor y cuidado necesarios, quedando a merced de los abominables seres y aprovechadores que pululan en el mismo seno familiar.

Penosamente la pobreza material es otro aspecto que incide en el crecimiento de la prostitución infantil y en las distintas formas de violaciones, que pareciera no se quiere encarar para no ocuparse, o por conveniencia mercantil y de la misma desviación sexual.

En una sociedad con gente normal, no puede seguir prosperando que por unos pocos guaraníes, padres o tutores comercialicen la dignidad de sus hijos.

No existe otra forma de contrarrestar estos males y a sus promotores, más que cuidar el seno familiar, y exigir a las instituciones que corten, literalmente corten, a porquerías que se hacen pasar por hombres.

La castración no es ningún atentado inmerecido, por el contrario, es algo absolutamente merecido para quienes abusan de otros, por lo que aplicarlo debería ser iniciativa popular.

La ciudadanía debe hacer su parte ante este flagelo, que no está lejano de propias viviendas como pareciera, exigiendo soluciones legales severas e inmediatas. Del espanto hay que pasar a la acción, a la exigencia.

La peor de las violencias es la que atenta contra la intimidad de las personas, contra la voluntad  y libertades humanas.

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