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El primer desafío de seguridad pública es eliminar vigencia de “polibandis”

Sacando de foco la atención que siempre se da a los “lombrosianos” habituales en materia de inseguridad invariable, es necesario prestar mayor atención a la suciedad interna de las fuerzas del orden. Seguir obviando a un real componente de la inseguridad, sumamente contemporáneo y que se expone de manera periódica: malvivientes, sicópatas y corruptos  que fungen de policías, es seguir el mismo camino que no logra nada.

Se volvió tan corriente publicar a agentes policiales como protagonistas de hechos plenos de violencia, malvivencia de baja y alta monta, que se convirtió en realidad conocida y temida por todos.

Y apelando a los mismos rasgos de los criminales comunes, la falta de sentido moral y ético en quienes no tienen el más mínimo rubor de vestirse de malandros y policías, difícilmente puede enderezarse un agente que ya trasgredió la ley que debería custodiar. Los que manchan el uniforme no pueden tener otro destino más que la baja deshonrosa y la cárcel.

Las nuevas autoridades policiales que asumieron funciones, si no proceden como primera medida trabajar en la descontaminación de la institución, cortando a integrantes con fojas  sucias, ya sea por hechos de corrupción, por violencias físicas o sexuales, o por la sospecha de ser “caballos locos”, harán que la ciudadanía antes que paz sigan sintiendo miedo de uniformados.

Sin real depuración, bajo criterios objetivos y sin la injerencia de presión política, no se podrá aspirar a una mejor fuerza del orden. Si no cambia esta dualidad de polibandis, primará impunidades con efecto multiplicador.

Si desde el Ministerio del Interior y la Comandancia de la Policía Nacional no se trabaja en pasar por el “cedazo” a componentes de la institución, a fin de determinar quiénes son los buenos policías, se seguirá premiando a marginales de azul.

Y al ser una institución jerárquica y verticalista, debería ser motivación suficiente para que directores y jefes de comisarías repliquen el mismo interés en sacar malezas del trigal, ya que los desaciertos de sus subalternos los tendrán en el mismo destino. La doble función de ser policías y bandidos, solo puede seguir creciendo por la falta de sanciones y el encubrimiento cómplice de superiores y camaradas.

Si se desea proporcionar seguridad efectiva a la población, la complicidad de altos mandos con criminales uniformados, ya no debe seguir siendo religión en la policía. Los mismos viejos vicios de siempre arropan a cuadros policiales, por lo que al menos en el diagnóstico no se debería perder tanto tiempo.

De la misma forma, los agentes del orden que en efecto no solo portan placas sino ejercen juramentos con alta ética, deben entender que ser policía no solamente implica el cumplimiento del deber propio, sino ser genuino custodio de la honestidad y legalidad dentro de su estamento.

No es un acto de camaradería no ver lo que sucede en las comisarías o subcomisarías. No hay que olvidar que toda actitud cómplice merece la cárcel.

La ciudadanía necesita urgentemente de su policía. El estado de derecho también depende de la institución investida para hacer valer la norma facultada al uso de la fuerza, por lo que no es poca cosa la situación de descrédito merecido de la institución.

Hay mucho trabajo, por lo que emprenderlo desde ahora no es opción, sino obligación.

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