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El respeto a las normas es obligación para la auto conservación

Si en lo mínimo no se quiere reconocer derechos ajenos, difícilmente en lo importante se alcance el respeto debido. Una sociedad con miembros irreverentes ante lo legal, difícilmente respete deberes inherentes a las mismas buenas costumbres, sometiéndose solo a la anarquía que cuesta vidas y genera lesiones.

La epidemia más severa en el país es la de accidentes de tránsito, que además de generar constantes muertes, implica tremendo gasto para el Estado. Es decir para la sociedad, que por medio de sus impuestos lo solventa.

No existe un solo día en que no se tengan hechos originados por la negligencia, imprudencia, impericia de automovilistas, primordialmente motociclistas que hacen del medio del transporte un verdadero elemento de lesión y óbito.

No por el dengue, Covid-19 y otras patologías están abarrotados los diferentes centros asistenciales, sino con heridos en accidentes al mando de biciclos. Sigue siendo impresionante  la falta de conciencia traducida en muertes y tremendas erogaciones para la salud pública, que de por sí debe manejarse entre carencias.

Un imprudente que sufre traumatismos en accidentes de tránsito implica millones de guaraníes en tratamientos, en el mejor de los casos. Estas sumas implican la resta a presupuestos destinados a programas maternos infantiles o de prevención.

El ser humano que actúa por sobre el riesgo permitido no precisamente es alguien que reúna las características de tal. Es irracional someterse a riesgos de muerte o daños. La irresponsabilidad no solo coloca integridades físicas propias en riesgo, sino la vida de menores de edad y de seres queridos.

Al sumarle el dinero utilizado para estos cuidados en personas afectadas por accidentes, es otro elemento lamentable de desperdicio de los recursos que salen del bolsillo del resto de la población.

Muchos de los accidentes son prevenibles en un altísimo porcentaje, haciendo cultura la atención, la pericia y el cuidado. Es injusto que se destinen fondos generales por irresponsabilidades personales. La prudencia total a la hora de emprender traslados de un lugar a otro debe ser constante, no solamente cuando se tengan controles cercanos.

La moto es para el traslado adecuado, no para lucir temerario, o mostrar apego a velocidades imprudentes. Esa conducta estúpida suma para registros de óbitos y lesiones graves.

Y como muestra práctica, la conciencia es un artículo de lujo en los últimos tiempos en muchos, por lo que no se puede seguir apelando a ello. Es necesario articular acciones para al menos amainar esta epidemia, con medidas coercitivas.

No es de justicia que por irresponsabilidades ajenas que repercuten seriamente sobre la sociedad se deba absorberlas  sin al menos sancionar conductas no debidas.

Estos hechos constituyen un mal social, y como tal requieren de un tratamiento urgente, efectivo y contundente.

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