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El señorío de la violencia

Casi fiel a la ley del Talión, la brutalidad, la venganza extrema, acaparan conductas actuales imitando el pasado del ojo por ojo sin término medio.

El principio de dañar al otro, no por un asunto de justicia bajo preceptos de la defensa propia, sino como expresión de envidia y de enfermedad mental, se repiten de manera tan periódica que pasó a ser habitual de asuntos humanos.

Cuestiones menores, entredichos que son solucionados con daños extremos, típico de mafias, no son correspondientes a la conducta normal del ser humano.

Castigar con atrocidades, y hasta bajo concepto de la fuerza legal, torturar, oprimir, mentir y fortalecer la pobreza, también son violencias que se hacen habituales.

Hay un gran desequilibrio, donde el dialogo no es opción para soluciones maduras, con lo que se transita el trayecto irracional en la sociedad.

Lo bestial aflora no por un asunto de justicia o lucha por la sobrevivencia, sino por el objetivo de daño al otro, hasta por tonterías.

Lo bárbaro se contrapone al avance de la humanidad, y se tienen demasiados homicidios por nada, y zozobra por inconciencias.

El retroceso es real, y mucho se explica desde la degradación de principios morales y éticos. Las familias dejan mucho que desear en la vivencia de valores. No es general, pero se nota en demasía el efecto negativo, y es así que se edifica comunidades con protagonistas maleducados y patoteros.

La corrosión del núcleo social no es asunto epidérmico. Centralizar atenciones paternales en bienes materiales y justificar desidias naturales, solo puede tener un fin.

Sin espiritualidad, sin  la idea de paz y la anarquía como deseo, poco se suma en la construcción de una sociedad mejor. Dejar de ver la realidad que va en crecimiento, colabora pero en contra.

Adaptarse a la comodidad de padres de familia, que prefieren no ocuparse de su rol solo por pereza, responde a interrogantes del por qué se está en la barbarie. Las familias no están sustentando nada, pues por regla general buenos padres deberían arrojar correctos ciudadanos.

Cuando se deja de lado pilares humanos como la moral y la integridad, el relativismo es rector de conductas, alimentándose al egocentrismo y el poco interés en el resto.

Se educa más para la violencia, y hasta se justifica. Un accidente de tránsito, un altercado mínimo, no deberían jamás terminar en arreglo a balazos. El desinterés en revertir este mal terminará por alcanzar a todos.

La dolencia social que se tiene, y aprovechando este tiempo de importancia para el cristianismo, debería llevar a una reflexión real y útil sobre en qué se falla y a qué se encamina.

Volver a la esencia es necesario, y retomar el equilibrio conductual son asuntos ineludibles para la población. Retrotraerse a lo correcto no es ser vyro, sino corresponder a lo innato del ser humano.

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