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La abominación hecha costumbre

Quizás la más repugnante de las prácticas abominables protagonizadas por seres humanos, sea el abuso sexual en sus diferentes formas, que penosamente se incrementa de manera notoria.

El forzar a mantener relaciones sexuales al otro constituye un hecho irracional, más repudiable aun cuando las víctimas son menores de edad.

Los sucesivos hechos  que van siendo descubiertos, tanto a nivel regional como nacional, donde propios progenitores o familiares son los verdugos, solo confirman la decadencia humana. Algunos exponentes de la sociedad, a medida que avanza el tiempo se convierten en más perversos e insanos.

Desde sistemáticos abusos de criaturas por viejos degenerados, así como por connotados “artistas”, constituyen solo mínimos hechos en la interminable lista diaria de abusos, en todas sus grotescas formas e involucrando al nivel más vulnerable.

La violación destruye no solo la integridad sexual salvaguardada por las leyes, sino incide en la vida de quienes son destrozados en su inocencia, de la mano de miserables espectros que cuanto menos deberían estar bajo tierra, siendo consumidos por gusanos. Tamaña brutalidad no tiene parangón, ni siquiera en el reino de las bestias.

No espantarse con tener a menores de edad violentadas sistemáticamente, muestra que se hace costumbre lo detestable. Los ejemplares del bizarro mundo que se visten de seres humanos para evitar ser vistos como inmundos, no tienen el castigo merecido.

Los hechos son diarios, y conste que existen cientos de casos que sacuden a familias, pero no son siquiera denunciados, por vergüenza o por temor.

Los enfermos degenerados no pueden ser tenidos con compasión, o atribuyendo culpas a víctimas. La horca es un privilegio para esta gente que destruye vidas por complacer suciedad propia.

Desde la pobreza material, hasta la vileza de progenitores, así como de “artistas solidarios”,  inciden en el crecimiento de la prostitución infantil y de las distintas formas de violaciones.

La trata de menores es uno de los negocios más rentables del mundo, con lo que se tiene la pauta del nivel de dolencia mental de la humanidad.

No hay dinero que valga la pena por destrozar la vida de inocentes, no hay placer válido como para obligar a otros a someterse, incluso con “ayuda”.

Contrarrestar el mal no es una cuestión de opción, sino obligación urgente, pues no se puede estar a la par de países como la India, Congo, México, donde estadísticamente los abusos y violencias prevalecen.

Desde la obligación paternal de cuidado, pasando por una sociedad ocupada de sus niños y mujeres, hasta el funcionamiento real de instituciones oficiales, son opciones para amainar la incidencia de depredadores sexuales, que por ciencia no existe manera de reencausarlos.

Y teniendo en cuenta que la reincidencia es hasta normal en los abusadores, no estaría equivocado quienes piensan que eliminarlos es la única posibilidad de evitar que sigan en sus andanzas.

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