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La culpa de la mayoría

Surgen críticas casi diarias hacia referentes políticos que en teoría deberían representar los intereses generales, incluso al punto de rasgarse las vestiduras por la calaña de diputados, senadores, intendentes y gobernadores.

El contexto político es patético, por la inconducta de sus exponentes.

Personalidades expuestas en sesiones donde se deberían tratar asuntos inherentes a obligaciones y de relevancia para la población, son muestras que el interés real es totalmente opuesto a lo pretendido. El alquiler de dignidades mostrado explícitamente, sin rubor.

Pero por lo habitual, estas actuaciones cuestionables solo espantan por un tiempo a la ciudadanía, y luego pasan al olvido, retornando solo cuando la prensa selectiva toma a quienes mostrar como malvados plenos, en la boca de los iguales.

La pestilencia de la clase política tiene mucho de responsabilidad del propio pueblo, que en parte escupe críticas y se asombra con lo que se viene repitiendo hace unos cien años en el país. Si siguen siendo representantes del pueblo malvivientes en periodos sucesivos, es porque una parte importante lo eligió. Ni siquiera la excusa de las listas sábanas es viable, ya que el “desbloqueo” los dio trascendencia.

Cuestionar a elegidos y luego volver a elegirlos, no sirve. Pareciera que el pueblo tiene a componentes torpes o anestesiados por su propia pereza. Las muestras confirman culpas propias y conjuntas.

¿Cómo se explica que senadores y diputados preferentemente se guíen mayormente por dinero y respondan solo a intereses políticos, teniendo a un pueblo en teoría indignado? Demasiada crítica fútil y sin acción.

La generalidad mediocre en estamentos oficiales deja sin resguardo al pueblo. Pero este no reacciona, solo se indigna en privado o máximo en redes sociales. Eligiendo a payasos y tiktokers tampoco se hace patria y la revulsión optando por degenerados anarquistas menos.

La ciudadanía falla a la hora de la evaluación, para confirmar basta con verificar resultados de elecciones sucesivas.

Y hay que entender que si la ciudadanía sigue abandonada a su mala suerte, es mediocre por no asumir su poder. Solo exigir cuando la prensa se hace eco de ineficiencias, es penoso, pues con ello se convierte en elemento de presión de las líneas editoriales. Las personas no deberían necesitar ser picaneadas por ningún conglomerado comercial o político como para exigir lo que le corresponde. La autonomía debe ser para bien general y acrecentar valor.

Si la ciudad está sumida en un caos con autoridades corruptas, si el Congreso es un nido de rufianes, y el Ejecutivo títere, dicen todo del pueblo que los eligió y los sostienen.

El pueblo inerte favorece el dominio de alimañas, siendo irracional y repetidamente víctima consentida de lo que no le conviene.

En este tiempo no darse cuenta de lo que ocurre en el entorno, es adrede. El desinterés de la mayoría, así como el statu quo, motiva irregularidades e insuficiencias oficiales.

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