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La necesidad de control

Sin entrar en el análisis de las aberraciones generadas por el control social, y el propósito oscuro de nefastos referentes que se valen de ello para oprimir, es importante hacer consideraciones sobre las conductas particulares en el ejercicio de derechos.

Que los controles de la Patrulla Caminera son más bien extorsivos que de prevención de accidentes, no caben dudas, pero tampoco hay que dejar de admitir que muchos, pero muchos conductores de rodados son transgresores consuetudinarios de reglas de tránsito.

Los controles sociales son prácticas, actitudes y valores puestos como reglas para una convivencia organizada y armónica en comunidades. Y puntualmente en lo relativo al tránsito de personas y vehículos por rutas, necesarios para salvar vidas propias y ajenas.

Si no existiesen carencias documentales habilitantes para transitar o estar al mando de vehículos, difícilmente se pudiera multar por ello. Si no se consumiese bebidas alcohólicas, salvo excepciones y despropósito de patrulleros, no habría positivo a test de alcoholemia.

El asunto es que todo control se establece con el fin de encausar conductas y no fomentarse la anarquía que de por sí rige por la impunidad.Existe una mala costumbre de creerse superior a normas legales y de convivencia, que viene desde arriba para abajo.

Si se tienen normas de tránsito, son para la protección de la integridad física, pues la conducción siempre implica riesgos, de ahí que cuestionar solo la mente criminal de controladores, y obviar la propia, no es totalmente coherente.

Si uno propone coimas, es por evitar someterse a sanciones, no por espíritu solidario de colaborar para panes y sidras. Cuestionar que se dio dinero para evadir controles, es de hipócritas. No es solo “una latita”, es romper la normalidad de raciocinio y de sentidos.

Los accidentes ocurren por imprudencias, negligencias e impericias. Dichas figuras son contempladas en lo penal, por lo que tampoco se puede hablar de desconocimiento como argumentos para cometerlos.

Todos los actos que son protagonizados a sabiendas de la posibilidad de dañar a terceros, merecen sanciones severas, no críticas.

Superar las velocidades máximas permitidas, solo serían válidas cuando el objetivo es salvar vidas, no para “vyros chukos” que se creen conductores de Fórmula 1.

No utilizar cascos manejando  biciclos, y asumiendo que se está en algún GP, es suicida.

Si se tiene poca capacidad de discernimiento sobre riesgos, quizás se padezca de alguna patología mental que amerita tratamientos.

No se puede negociar no permanecer dentro de los márgenes del riesgo permitido. Todos exigen respeto a derechos propios, y fustigan inconductas ajenas, pero pocos respetan derechos ajenos y hacen autocrítica. El control social sigue siendo necesario por la incultura, y desprecio por el otro. Es indiscutible que las instituciones están degradadas por referentes rufianes, pero el pueblo al ser propietario del poder debería exigir recomposición de ellas, y no solo tildar en la comodidad de hogares. De la misma forma, aplicar controles a las autoridades en el cumplimiento de responsabilidades, es también menester del pueblo para mejores resultados en gestiones oficiales.

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